La mesa de la última función

Lo que empezó como una historia llena de aventuras, terminó siendo un canal de sorpresas. Son las 9:30 de la mañana. Ella bajaba del tren, la pude divisar desde lejos entre toda la multitud. Noté cómo su cabello de color chocolate, largo como la noche y suave como el terciopelo, bailaba con el viento, como si la melodía del aura la enamorase; ella disfrutaba del aire en su rostro. Seguía enamorado de Lucía. Grité su nombre desde lejos y me escuchó, con una hermosa sonrisa en el rostro, me miró y se acercó a saludarme.

La invité a desayunar al Cafe – Restaurant Bellaria-, aceptó muy contenta. En el camino nos pusimos al día de las cosas que hicimos en todo este tiempo; me dijo que sentía miedo de que la plantase, pero estaba dispuesta a arriesgarse a eso. Le comenté que en este tiempo había conocido muchas mujeres; sin embargo, ninguna era como ella, tan especial con esos  ojos azules profundos como el mar, con pestañas largas y rizadas que los enmarcaban. Pedimos la cuenta a la azafata y enseguida retornamos a la estación de tren.

—¿Por qué estamos regresando? —preguntó confundida.

—Iremos a París, tengo una sorpresa para ti —respondí sonriente.

Ella no imaginaba lo que estaba por venir. Llegamos a París, eran las 11:00 p.m., ella propuso ir al Moulin Rouge. Me sorprendí, ya que no es usual que una mujer proponga ir a un cabaret. En el transcurso del camino, nos encontramos con un grupo de hippies  que danzaban y nos invitaron a bailar. Lucía animada aceptó, pero yo no gustaba de bailar; sin embargo, ella me jaló y, entre risas y ligeros meneos, retozamos con un poco de trago. Nos empujaron y caímos, ella me miró a los ojos, sonrió y se puso de pie.

Éramos tan diferentes. Yo, con mi aspecto grotesco y la seriedad que me define al expresarme. Ella sonriente y delicada, como toda mujer parisina. Llegamos al Moulin Rouge y ambos pagamos $100. Se nos pasaron las copas, pero aún éramos conscientes de nuestros actos. Ella había tomado más, estaba eufórica. Pude sentir que ella también me amaba, pero no estaba seguro. Ya había sufrido una vez y el miedo me invadía.

“Quiero llevarte a un lugar muy especial para mí y sé que te gustará”, le dije mirándola fijamente. “¿A dónde me llevarás? ¿Qué te hace pensar que me agradará?”, preguntó muy confundida y a medio caer. Entonces la cogí de la cintura para que pueda mantener el equilibrio y le dije: “Al teatro Mogador, ha estado abandonado desde casi quince años... Solía concurrir a sus funciones cada vez que venía a París”. Ella aceptó ir, por el camino aprovechamos en comprar bocatas y bebidas.

—¡Está sucio! Jamás asistí a este teatro... He vivido aquí desde que era niña y no sabía de su existencia — comentó en voz baja, como un murmullo.

—Era exitoso hasta antes de quebrar. Observa el lugar como si fuera la única y última vez que vas a estar aquí... El gran auditorio que refleja el prestigio que tuvo, las telarañas en los rincones, el telón color rojo vino y el suelo lleno de polvo... —le hablaba mientras ella caminaba por el escenario, pero ella me interrumpió enseguida.

— Parece que al terminar la última presentación, dejaron todo tal cual y se retiraron... Mira la mesa con los platos y cubiertos, me llama la atención este cuchillo. ¡Auchh! Aún mantiene el filo —dijo adolorida por el corte.

Me acerqué a ella con dos cervezas en la mano. No dejaba de mirarme, me ponía nervioso. Su mirada empezó a incomodarme y comencé a sudar. Mis pupilas se habían dilatado; decidí aproximarme hacia su cuello para que no se percatara de lo que me estaba sucediendo, la besaba y pude sentir como ella se excitaba. Mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo sin ningún pudor. Ella llegó a su orgasmo, los gemidos suaves que producían eran melodiosos para mis  oídos. Estábamos sobre la mesa. Poco a poco íbamos desnudándonos, sus senos sobre mi pecho, mis manos bajando por su suave espalda. Los platos y cubierto cayeron al piso por nuestros movimientos. Pero el cuchillo se quedo ahí. Lo miré de reojo. No sabía lo que estaba haciendo; no entendía lo que pasaba por mi cabeza; de repente mi mano, sigilosamente, se iba acercando hacia él.

Empecé a sentir miedo, no quería sufrir otra vez, no quería vivir engañado otra vez. Entonces decidí que ella sería solo para mí. Si algo nos iba a separar, ya no sería un tren o un hombre, sería la muerte. Fue así que mi mano sujetando fuertemente el cuchillo se acercó a su dorso. Ella empezó a sentir el metal filudo en su espalda.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó asustada, con los ojos abiertos y  perdiendo la excitación que me enloquecía.

No respondí. La miraba a los ojos mientras el cuchillo le atravesaba el corazón por la espalda. Sus gritos invadían mis oídos.  Nadie la podía oír, era el lugar perfecto, jamás se iban a enterar de que fui yo quien la asesinó de siete puñaladas; sin embargo, me equivoqué. Ustedes llegaron al amanecer y me encontraron sobre ella bañado en sangre, con lagrimas en los ojos y el cuchillo tirado a un lado. Sabía que la había perdido; sin embargo, ya nada me importaba. Fue entonces que me di cuenta de que iba a pagar mi culpa. Pero no me arrepiento de lo que hice y jamás lo haré. Porque ella fue y es solo mía.

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